La reina serpiente

29 abril 2010 at 22:00 (Guadalajara, Ilustración, Literatura, Memorias del Otto, Mis Dibujos, Relatos, Relatos de JAO, Relatos de JAO)

A modo de introducción.

Este es mi primer cuento ilustrado.

El proceso aplicado para escribirlo en este caso ha sido bastante curioso, así que creo que merece la pena contarlo.

Todo empezó al ver el anuncio del certamen patrocinado por  la Biblioteca Pública de Guadalajara, que, siguiendo con el tema del Maratón de cuentos de Guadalajara de este año, y para celebrar el día del libro 2010, tenía como lema: “Crea un malo de cuento”.

Como tenía aparcadas varias historias que no encajaban, me daba rabia no participar, más aún cuando tengo especial predilección por los malos y malas de las historias y narraciones.  Entonces miré mi mesa de dibujo y comprobé la ilustración en la que estaba entretenido. Abrí la carpeta y fuí viendo unos cuantos malos que había dibujado, así que los puse todos sobre la mesa y decidí argumentar una historia donde tuvieran cabida todos esos malotes y situaciones.

El resultado podéis verlo a continuación. Espero que os guste.

♦♦♦♦♦♦♦♦♦♦

Durante aquellos aciagos años, donde la maldad y las plagas campaban a sus anchas por la tierra, el mar era el único lugar seguro para vivir y los marineros éramos los más afortunados entre los mortales.

Navegábamos esa mañana por el gran océano interior buscando, en las obsoletas cartas de navegación que habíamos podido comprar en el corrompido puerto de Amoun’Na, un lugar donde aprovisionarnos, cuando apareció ante nosotros una isla bastante frondosa con una ensenada tranquila y un pequeño puerto pesquero. Los mapas adquiridos no reflejaban su existencia pero la situación no nos era extraña, como otras veces, aprovechamos para completar aquellas cartas con la ubicación del paraje que habíamos encontrado, con el propósito de copiarlas luego y venderlas en otros puertos.

Al fondear nuestra nave y desembarcar, nos extraño la inquietante soledad del puerto. No había ni un alma, solo alguna rata se deslizaba entre los barracones polvorientos.

Subimos una pendiente hasta un montículo, donde pudimos contemplar un extraño pueblo que se extendía al sol como si fuera pescado salado. Aquellas casas blanqueadas deslumbraban la vista, pero no lo bastante como para no poder percibir una absoluta quietud. Solo un hombre oscuro e imponente nos observaba de pie, delante del cercado de madera podrida que rodeaba aquel asentamiento aparentemente abandonado.

Venciendo algunas supersticiones y el miedo, nos dirigimos hacia aquel hombre que parecía vigilar el silencio del extraño poblado fantasma.  Mientras nos acercábamos, sentimos  como se helaba nuestra sangre.  Él nos escrutaba como si estuviera leyendo nuestros pensamientos.

Al parecer no detectó dobleces en ninguno de nosotros. Le saludamos. Tras una larga pausa, como saliendo de un trance, entabló conversación. Con su voz cavernosa  accedió a que su pueblo nos aprovisionara, pero demandó a cambio nuestra ayuda para aquello que acabaría convirtiéndose en una de las aventuras más alucinantes que experimentaríamos en aquellos años de incansable navegación.

Ante una frugal cena, compuesta de tortillas y frutas, pero acompañada con un agua de manantial excelente, Tsna Pá, que así se llamaba el hombre imponente, nos narró cómo, al menguar la luna, su pueblo había recibido la visita de las huestes de la reina serpiente, una ambiciosa mujer que apreciaba su belleza más que cualquier otro tesoro y cuyos  esbirros recorrían las islas de aquellos lugares en busca de muchachas jóvenes a las que robar su juventud mediante encantamientos. De las mujeres que esta arpía raptaba nunca más se sabía. Todo el mundo estaba aterrado, pues las creían muertas.

Tsna Pá era un mago poderoso. Si hubiera estado en el pueblo, los ejércitos de la reina serpiente no se hubieran atrevido a actuar, pero aquel día no estaba allí. La princesa Tani y otras seis jóvenes habían sido atrapadas. Había que rescatarlas antes de que fuera demasiado tarde, antes de que su vida fuera absorbida por la demoniaca reina.

La isla que la reina habitaba, estaba en algún punto hacia el ocaso y las embarcaciones pesqueras de que disponía el pueblo de Tsna Pá no eran adecuadas para aquellas aguas. Nuestro barco en cambio sí podría surcarlas sin problema debido a su mayor calado.

Tras cuatro días de navegación, vislumbramos el perfil del castillo de la reina maldita tras la densa bruma. Un dragón guardián salió a nuestro encuentro. Sobrevolaba en círculos, peligrosamente, pues casi rozaba el velamen. Nos sentíamos como presas listas para la caza. Todos estábamos aterrorizados pero el mago volvió a congelar nuestros corazones cuando, con su voz profunda, recitó unas extrañas letanías que petrificaron temporalmente a aquel gigantesco animal alado, que acabó retirándose entre la niebla.

Pudimos desembarcar en aquella isla sin percances. Solo tuvimos que reducir a unos pocos guerreros que, sorprendidos, acabaron huyendo por la playa. Ante nosotros se erguía el castillo de la ladrona reina bífida.  Debía de sentirse muy segura en aquella guarida, pues, al margen del dragón y de los guardianes huidos, no había más vigilancia.

El misterioso Tsna Pá conocía bien la ambición y los dominios de la soberana, así que no tardó en garantizar el acceso al inexpugnable castillo a través de unos pasos subterráneos secretos, organizando también el ataque y la búsqueda de la princesa Tani y de las otras jóvenes.

Él se encargaría de neutralizar a los pérfidos magos de la reina, aquellos brujos que mediante sus conocimientos y fórmulas, posibilitaban los raptos y el robo de la belleza para su ama. No eran ningún problema para él, dijo, pues solo les inspiraba el poder y la riqueza.

Nosotros, los marineros, nos encargaríamos de buscar a las raptadas en las mazmorras de la fortaleza, así que hacia allí encaminamos sigilosamente nuestros pasos.

Ya en los húmedos calabozos, tras una puerta de hierro, nos sobresaltó un gemido. Derribamos entre todos aquel obstáculo y a través del sofocante vapor del fuego blanco vimos con horror un engendro del demonio que se disponía a torturar a la princesa Tani.

Una vez más, fue la sorpresa nuestra principal aliada. En un momento, aquel despojo maldito yacía ensangrentado en la losa. Ya no volvería a causar sufrimientos nunca más.

Liberamos a la princesa de sus ataduras. Gracias a los dioses del mar no había sufrido ningún daño. Tampoco el resto de las muchachas habían sido sacrificadas, así que derribamos las puertas de los calabozos hasta que pusimos a todas a salvo.

Mientras nosotros nos dedicábamos a estas tareas de socorro, nuestro capitán, el aguerrido Ésparus, había continuado hacia los aposentos reales, en los pisos superiores de la torre mayor, dispuesto a enfrentarse con la bella y peligrosa incitadora del mal.

Un dulce aroma a incienso y albahaca inundaba la estancia donde la reina se contemplaba perezosamente en un espejo.

Vio a nuestro líder  a su espalda y su jovial rostro reflejó aquello que hasta entonces solo había infligido: ¡un miedo atroz!

Habló al guerrero dócilmente y le ofreció poder e inmensas riquezas. Pero Ésparus era bien conocido por su integridad. Replicó a la reina diciendo que sus fechorías habían finalizado allí, que aquellos a quienes había maltratado la juzgarían.

Estas palabras debieron sonar como truenos en sus oídos, pues no había acabado nuestro capitán de argumentar, cuando la reina comenzó a mutar en un ofidio, sin duda venenoso. Con su rapidez legendaria, Ésparus, atrapó con un tapiz a la reina serpiente en plena transformación, introduciéndola en un lujoso y pesado recipiente de aceitunas.

Cuando volvimos con el poderoso mago Tsna Pá a su isla, con la princesa Tani y las muchachas rescatadas, el pueblo fantasma despertó. Nos agasajaron con varias semanas de fiesta antes de que prosiguiéramos nuestro viaje por aquellos mares desconocidos.

Dejamos atrás esta aventura llevándonos un peligroso recuerdo. Aquel recipiente para aceitunas, era también mazmorra de una serpiente que un día fue una bella y cruel reina.


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Harry Clarke. Tinta y vidrieras.

18 abril 2010 at 22:00 (Ilustración, Literatura, Pintura, Poesía, Relatos)

Harry Clarke nació en Dublín en 1889.  Su padre era un artesano que producía, entre otros objetos, vidrieras. Con 16 años, Harry aprendió este arte en el taller de su padre mientras asistía también a la Escuela Metropolitana de Arte de Dublín.

A los veinte años ya estaba trabajando en los aspectos más creativos y críticos del proceso de la elaboración de vidrieras, siendo galardonado con una beca en vitrales y recibiendo clases diarias de A.E. Child. Su creatividad sería reconocida en 1910 con la medalla de oro en el concurso de vidrieras organizado por la Junta de Educación Nacional de la Competencia. La obra premiada fue “The Consecration of St. Mel, Bishop of Longford, by St. Patrick”.  Ganaría la medalla de oro de vitrales en este concurso nacional en otras tres ocasiones.

Se instaló posteriormente en Londres, donde comenzaría su carrera como ilustrador con dos trabajos que nunca serían publicados: The Rape of the Lock y Rime of the Ancient Mariner.  En el primer trabajo utilizó técnicas muy semejantes a las utilizadas por Beardsley, que también había ilustrado el poema hacía veinte años escasos, por lo que las comparaciones fueron inevitales. El segundo trabajo tenía una mayor madurez y mostraba una densidad en la textura y el diseño que se convertirían en  la marca particular de Clarke.

En 1913 visitó a los editores londinenses buscando trabajo y fue rechazado por más de diez editoriales hasta que George Harrap, viendo la genialidad de su trabajo, lo contrató para ilustrar una edición de los cuentos de hadas de Andersen, tanto en la edición de lujo como en la edición más comercial. Este trabajo le ocupó varios años y finalmente fue publicado en 1916.

Para entonces, Harry ya estaba trabajando en la planificación de los Cuentos de Misterio e Imaginación de Edgar Allan Poe que sería publicado en 1919 resultando ser un éxito de crítica y un considerable récord de ventas.  Esta obra se reeditaría en numerosas ocasiones destacando la edición ampliada de 1923 que incluía ocho láminas de color nuevas.  Estas láminas de color añadidas, evidenciaban las fuertes influencias de su trabajo en las vidrieras.

Pero fueron las imágenes en blanco y negro las que hicieron de estos cuentos de Poe un éxito. Aunque su trabajo sigue siendo a menudo comparado con el de Beardsley, las imágenes de Clark, basadas en líneas blancas y patrones sobre un fondo negro, son más inquietantes.

Seguirían otros libros ilustrados como The Year’s at the Spring, Fairy Tales de Perrault, Faust, y Selected Poems de Algernon Charles Swinburne en los que Harry utilizará tanto la pluma y la tinta como la aguada y el color.

El Fausto estaba cargado de un  arte oscuro y grotesco que, de acuerdo con algunos críticos, se anticipa a las fantasías psicodélicas, inducidas por las drogas, de la década de los 60.  La obra tuvo poco éxito de crítica en 1925, pero Clarke lo consideraba su mejor libro.

En los trabajos de ilustración de Clarke se evidenciaba su pasión laica, cosa que no podía desarrollar en sus trabajos en vidrieras, principalmente destinadas a lugares de culto como capillas o monumentos de guerra.  Su estudio llegó a diseñar  y a hacer a mano, más de 130 vidrieras que se pueden disfrutar en diferentes lugares de las islas británicas,  Europa, Australia y África.

Trabajó a un ritmo febril durante los últimos años de su vida, tanto en el taller de vidrieras como en la ilustración de libros, pero la mala salud lo atormentó durante estos años. Murió de tuberculosis a principios de 1931, mientras intentaba recuperarse de sus esfuerzos en Suiza.

Enlaces interesantes sobre la obra de Harry Clarke:

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Edgar y Roger, un coctel sangriento

30 marzo 2010 at 22:00 (Cine, Erotismo, Ilustración, Literatura, Mis Mitos del Cine, Novela, Relatos, Terror)

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia.”

Estas palabras de confesión desesperada en la víspera de su ejecución proceden del relato “El gato negro” de Edgar Allan Poe, pero bien podrían referirse a la propia vida de un artesano industrial, buen conocedor de su oficio, que realizó lo impensable en aquel Hollywood a lo largo de su carrera cinematográfica. Hizo lo que otros no podían creer rechazándolo por imposible. Su autobiografía, publicada en 1990, lo resume bien en su título: How I Made a Hundred Movies in Hollywood and Never Lost a Dime (Como realicé un centenar de películas y nunca perdí un centavo).

Roger Corman, licenciado en ingeniería, en las especialidades de física y termodinámica, pronto se incorporaría a la industria de Hollywood, atraído por la magia del cine. De recadero para la 20th Century Fox pasaría a lector de guiones, luego a guionista, productor y director de películas de muy bajo presupuesto.

Creó un eficaz equipo de técnicos y actores que le permitía rodar hasta setenta y ocho planos diarios. Por ejemplo, en 1956, produce y dirige diez largometrajes en menos de diez días cada uno, con un coste medio de sesenta y cinco mil dólares, consiguiendo beneficios con todos ellos.

Entre 1960 y 1964, Corman dirigirá siete títulos basados en relatos de Edgar Allan Poe, por los que sería más conocido. Estas adaptaciones prometían una intención de poner en marcha producciones más ambiciosas de las que eran habituales en el seno del modesto estudio para el que trabajaba, la American International Pictures (A.I.P.), utilizando para ello más presupuesto, el color, el formato scope.

Estos títulos son: El hundimiento de la casa Usher (House of Usher, 1960), El péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961), La obsesión (The Premature Burial, 1962), Historias de terror (Tales of Terror, 1962), El cuervo (The Raven, 1963),  La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death, 1964) y La tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1964).

Para el rodaje de estos filmes no dudaría en aplicar sus métodos bien engrasados. Así,  El hundimiento de la casa Usher se rodaría en quince días por doscientos mil dólares y  La máscara de la muerte roja se realizaría en cinco semanas por algo más de un millón de dólares de la época.

Para dirigir estas historias, Corman tendría que ingeniárselas para vencer a los dos principales problemas a los que un director de cine debe enfrentarse a la hora de poner en la pantalla la obra de Poe. En primer lugar la brevedad de las historias y en segundo lugar su desarrollo en forma de monólogo, fruto de la narración en primera persona que solía utilizar el genio atormentado de Boston.

Pero Roger Corman tenía soluciones para todo. El primer problema lo salvaron  utilizando los relatos de Poe como clímax construyendo alrededor los actos que hicieran falta intentando ser lo más fiel posible al autor pero incorporando personajes secundarios que permitieran alargar la historia. Con esto se aseguraban alcanzar los 80 minutos reglamentarios de duración que se necesitaba para la exhibición en una sala cinematográfica. El segundo problema se resolvía apoyado en la premisa anterior. Los monólogos terribles y a menudo ambiguos de los personajes de Poe, se transformaban en diálogos a repartir entre los figurantes de la trama.

De esta manera y con esos métodos, Corman elude la visión subjetiva y ambigua de Poe a favor de una presentación argumental objetiva, basada en los hechos y estructurada a través del diálogo.

Ni Corman ni sus guionistas (Richard Matheson, Charles Beaumont, Ray Russell, R. Wright Campbell o  Robert Towne) tuvieron mucho interés en ser verdaderamente fieles a la letra de Poe aunque retrataron perfectamente el ambiente escalofriante descrito por el autor decimonónico, utilizando con certeza algunos de sus más populares golpes de efecto: muertas buscando venganza, mazmorras y oscuras mansiones, demoníacos instrumentos de tortura, gatos negros, personajes dementes y/o atormentados.

Corman no ocultó en ningún momento que una de las razones que le llevaron a adaptar la obra de Poe, aparte de la fascinación que sentía por ella, fue que sus cuentos eran de dominio público y no había que pagar derechos de autor. No cabe duda que siempre estaba preocupado por la rentabilidad en taquilla  y que Poe le inspiraba la creación de unos productos de fácil consumo para un público objetivo ávido de terrores.

Para perpetrar este coctel sangriento de filmes, Corman no dudaría en reclutar para su causa a emblemáticos actores del cine clásico de terror y suspense como Boris Karloff, Peter Lorre, Vicent Price, Ray Milland o Basil Rathbone.

Todos ellos interpretarían  personajes al más puro estilo Poe. Personajes atormentados unas veces, maniáticos otras, fríos y calculadores a veces, dementes muchas.

Si bien la literatura de Edgar Allan Poe no se prodiga por grandes dosis de carnalidad femenina y la presencia de la mujer no parece necesaria en muchos de los relatos o aparece como la materialización de cierto modelo de belleza romántica, el cine de Corman no tendrá reparos en proporcionar esas porciones carnales necesarias para facilitar la distribución de los filmes.

Así encontramos a actrices que, en el celuloide, transforman en carne los modelos idealizados y las lánguidas heroínas de Poe. Vengativas casi todas, frías, calculadoras y manipuladoras en busca de un objetivo nada ideal y sí muy tangible muchas otras, se incorporarán a esta serie de títulos una serie de hembras rotundas para animar a los apáticos y nada erotizados protagonistas y de paso reforzar así la carga sexual de los relatos.

Las actrices que se encargarán de esta grata tarea serán entre otras Myrna Fahey, Barbara Steele, Debra Paget, Jane Asher o Elizabeth Shepherd.

Una vez que Corman abandonó el universo de Poe, el estudio AIP siguió exprimiéndole jugo al escritor, hasta el punto de convertirlo en una especie de marca comercial que se colocaba delante del título del film. Surgen de esta manera algunos títulos con una relación con la obra de Poe ligera o incluso nula. En muchos casos esta relación se limita a la inclusión de una cita literal para iniciar o clausurar el film o a la utilización de algún título tomado de sus relatos. Entre todos esos filmes podemos mencionar  The Haunted Palace, dirigida por el propio Roger Corman, que toma su título de un poema incluido en “La caída de la casa Usher”, pero cuyo argumento realmente está basado en la obra de H. P. Lovecraft.

Al margen de estas siete adaptaciones, Corman dirigiría también en paralelo algunas otras películas con ambientes y temáticas muy parecidas. Así se podían aprovechar los decorados y materiales e incluso se aprovechaba a los actores. Entre estas obras podríamos destacar El terror (The Terror, 1962) o La torre de Londres (The Tower of London, 1962).

Fuentes documentales utilizadas:

Las sombras del Horror. Edgar Allan Poe en el cine. Capítulo de Roberto Cueto. Ed. Valdemar Intempestivas. 2009.
Enciclopedia de Cine de Terror. Planeta de Agostini. 1992.
Edgar Allan Poe. Cuentos /1. Traducción de Julio Cortázar. Alianza Editorial. 1978.
Diccionario Espasa de Cine. Augusto M. Torres. Ed. Espasa. 1996.

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De brujas, hogueras y cenizas

14 marzo 2010 at 22:00 (Erotismo, Historias para no dormir, Literatura, Memorias del Otto, Novela, Poesía, Relatos, Relatos de JAO, Relatos de JAO)

In my craft or sullen art
Exercised in the still night
When only the moon rages
And the lovers lie abed
With all their griefs in their arms,
I labour by singing light
Not for ambition or bread
Or the strut and trade of charms
On the ivory stages
But for the common wages
Of their most secret heart

Not for the proud man apart
From the raging moon I write
On these spindrift pages
Nor for the towering dead
With their nightingales and psalms
But for the lovers, their arms
Round the griefs of the ages,
Who pay no praise or wages
Nor heed my craft or art.

*(En mi oficio u hosco arte / ejercido en la noche en calma / cuando sólo rabia la luna / y los amantes descansan / con sus penas en los brazos, / trabajo a la luz cantora / no por ambición ni pan / lucimiento o simpatías / en  los escenarios de marfil / sino por el común salario / de su recóndito corazón.

No para los soberbios aparte / de la rabiosa luna escribo / en estas páginas rociadas / por las espumas del mar / ni para los encumbrados muertos / con sus ruiseñores y salmos /  sino para los amantes, sus brazos /  abarcando las penas de los siglos,  / que no elogian ni pagan ni / hacen caso de mi oficio o arte. )*

Tras leer este poema de Dylan Thomas, Larry miró a la ciudad dormida por el ventanal del salón, mientras apuraba las últimas caladas de aquel cigarro enorme.

Entrecerrando los ojos, rodeado por el espeso humo que se duplicaba en el cristal, le pareció ver a lo lejos, en el cielo, entrecortándose sobre la luna, a Guillemette Babin, blanca y desnuda, sobre el lomo de un imponente macho cabrío negro. Se asía a sus crines con firmeza, curvando su cuerpo hacia atrás, gimiendo mientras se balanceaba sobre aquel cabrón volador.  Otros engendros de la naturaleza la seguían, piedras voladoras con extraños signos grabados a cincel, enrojecidos tizones sin gravedad escapados de una gigantesca chimenea, tiburones del aire que enseñaban los dientes mientras navegaban aleteando en el aire de la noche, enormes escobas y escobones entretejidos con ramas de parra seca, atados a un palo pulido y encerado. Todos estos ligeros seres y artefactos llevaban pasajeras, bellas jóvenes que levantaban los brazos deleitándose con el frescor del aire de la noche o viejas más cuidadosas, que se aferraban a los animales o a las cosas con temor de perder el equilibrio y caer al vacío. Mientras volaban se embadurnaban el cuerpo con ungüentos e intercambiaban bebedizos entre ellas, riendo y sollozando de placer.


Larry veía en las oscuras sombras de la luna primero y en la campiña distante después, una enorme fogata donde reposaba un caldero humeante en peligroso equilibrio. Veía como las mujeres voladoras iban llegando a aquella fiesta, donde extraños animales peludos, lobos, carneros, dragones y cerdos ya bailaban alrededor de aquella pira, dando saltos imposibles unos, aleteando alegres otros. Guillemette y sus compañeras se incorporaron al círculo festivo y con sus pieles desnudas enrojecidas por la luminosidad del fuego no tardaron en contorsionarse alzando los brazos mientras pisaban las brasas sin que las espantase el dolor, más bien todo lo contrario, aquellos restos incandescentes repartidos por la tierra parecían copular con ellas a juzgar por los resultados del  contacto con su piel, los susurros y los gemidos que emitían, sus gritos de obsceno placer.

Le pareció escuchar en ese momento el llanto de un niño, que explotó justo cuando comenzaba a salir un humo negruzco muy denso de la hoguera.

El ruido de un reactor atravesando la noche le hizo abrir sus ojos. Las luces de la ciudad se desparramaban por su campo visual, se apagaban y encendían, corrían o se paraban, brillaban en los grandes bulevares o se oscurecían en los fríos callejones. El cigarro se había apagado en sus labios, así que lo aplastó en el cenicero de la mesa y se sentó en el sofá para descansar del ajetreado día de trabajo en la oficina. No tardó en adormecerse y en tener una ligera pesadilla que fue llevándole a las profundidades del sueño, a la oscuridad de una húmeda mazmorra.

El hierro candente rasgó el cuerpo de Guillemette desprendiendo vapor con un nauseabundo olor a carne churrascada. Sus gemidos se perdían en las profundidades de aquella prisión, pero no llegaban al corazón de la tierra ni despertaban al señor del abismo. El demonólogo Jean Bodin azuzaba con sus preguntas a aquella bella hembra desnuda que se retorcía de dolor en el potro.

La denuncia anónima había sido depositada por un alma bondadosa en la caja negra de la catedral. Había que lograr discernir como una mujer bella e inteligente como Guillemette se había dejado seducir por el maligno, qué crímenes perversos había cometido en los aquelarres, qué otras cómplices tenía en sus negras fechorías.


El silencio de la mujer y el que no existiera la marca del diablo en su bello cuerpo, confirmaban que era una fiel seguidora del averno, ya que era bien sabido que el demonio solo marcaba a los acólitos de los que no estaba muy seguro, pero nunca marcaba a los que eran de su máxima confianza que ocupaban lugares privilegiados en su reino. No cabía duda, su crimen era abominable contra Dios y como tal había de ser castigado con la pena de muerte, sin posibilidad de conmuta por ninguna autoridad de los hombres.

Aquella mañana era nublada y el frío estremecía a más de un espectador en la plaza mayor. Guillemette fue conducida al centro cubierta con un manto. Cuando la subieron a lo alto de la pira, la despojaron de aquel abrigo dejando su cuerpo desnudo a la vista del público. La ataron con unas cadenas al poste y prendieron fuego a los enormes haces de leña bajo sus pies. Algunos curas rezaban letanías y consolaban al populacho ignorante que veía mientras, lujurioso, como se consumía la belleza de aquella bruja. Aquel crepitar de llamas y el humo que desprendían con ese olor a carne quemada, subieron a la garganta de Larry desde lo profundo de su estómago. Se removió en el sofá para adoptar otra postura menos agobiante.

A la mañana siguiente, Alma, la criada indonesia de Larry, se asustó con el fuerte olor a quemado que encontró al entrar en la casa y llamó a la policía. No había ningún rastro de Larry allí, y tras unas semanas de búsqueda lo dieron por desaparecido en misteriosas circunstancias. En el informe de registro del forense, se hacía mención a la gran cantidad de cenizas que se hallaron sobre el sofá del salón y que resultaron ser de sarmiento. Nadie se explicaba cómo pudieron llegar allí y si su combustión, imposible sin haber provocado un incendio en la casa y en el edificio, fue la causa de aquel penetrante olor a quemado que parecía salir de las mismas entrañas de la tierra.


Referencias:

PoemaIn my craft or sullen artde Dylan Thomas.

Grabados de Bernard Zuber para el libro del novelista francés Maurice Garçon: La vida execrable de Guillemette Babin, bruja, publicado en 1926.


Demonomanie des Sorciers (Of the Demonomania of Witches), del francés Jean Bodin.


Película francesa de Guillaume Radot, del año 1947: Le destin exécrable de Guillemette Babin.


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Liane de Pougy. Cortesana antes que monja

3 marzo 2010 at 22:00 (Erotismo, Fotos, Historia, Ilustración, Literatura, Novela, Relatos)

En el París optimista de la Belle Époque, cuando la Gran Guerra no era más que una amenaza lejana, los salones de la ciudad de las luces se abarrotaban de burgueses y de artistas, se preparaba la exposición universal de 1900, y los forasteros ricos de América y Europa visitaban el centro de atracción mundial, la capital del mundo. Fue en este momento cuando comenzaron a abrirse camino las revistas como género de espectáculo nocturno, la importada fórmula del music-hall.

En París, el más famoso cabaret se llamó Folies Bergère y su éxito prodigó la aparición de otros seis music-halls en la capital francesa. Además del Folies Bergère, aparecieron el Moulin Rouge, el Casino de París, el Alcazar dÉté, el Olympia y el Ambassadeurs.

Estos espectáculos no solo consistían en un escenario donde se exhibía arte y danza, sino que reunían a numeroso público en busca de contactos sociales y galanteos.

En este ambiente nocturno, era normal que las vedettes destacadas se hicieran famosas, no solo por sus números y actuaciones, sino por convertirse en cortesanas de lujo. Las demi-mondaine eran las bailarinas que se dejaban proteger por ricos caballeros. Estas artistas y putas de alta alcurnia seducían a reyes, príncipes, políticos y multimillonarios y disfrutaban de la vida loca rodeadas de máximo lujo.

Desde el escenario del Folies, destacó un trío de reinas que estaba en boca de los círculos de élite parisinos. Este bello trío ganador estaba compuesto por las vedettes Liane de Pougy, Carolina Otero, más conocida como La Bella Otero, y Emilienne d’Alençon, que sería amante de Liane de Pougy de forma intermitente.

La historia de Liane de Pugy es la más desconcertante y sin duda, digna de una película.

Cuando Anne Marie Chassaigne, que así se llamaba Liane, se trasladó a París, abandonando un escabroso matrimonio roto y la estricta vida provinciana que le ofrecía su familia, fue contratada en el Folies Bergère para presentar un número de prestidigitación. Pero su belleza y su temperamento hicieron que la dieran el papel principal de otro número especial con el que debutó. El número se llamaba “la araña de oro” y el cartel anunciador fue realizado por el artista Paul Berthon. En este cartel ya se podían contemplar influencias del art nouveau.

Su primer amante fue el vizconde de Pougy, de donde saco su “nom de guerre”.  Pensó en dedicarse al espectáculo, para lo que tomó alguna lección de una de las grandes de entonces: Sarah Bernhardt. Ésta le dio un consejo para triunfar: “Sal a los escenarios y exhibe la belleza de tu cuerpo. Pero no abras la boca”.

Su mentora en la alta sociedad y en la noche será la condesa Valtesse de la Bigne, cortesana del Segundo Imperio y que además de haber sido una de las últimas amantes de Napoleón III, fue musa inspiradora de Émile Zola para su obra Nana. La condesa le enseñaría muchas prácticas del oficio en su monumental cama de bronce barnizado y al igual que la Bernhardt le dio sabios consejos: “Una buena puta debe dedicarse a contar las moscas del techo mientras finge disfrutar. Una ganadora debe aburrirse debajo de su cliente“.

En la cúspide de su carrera artística como bailarina del Folies Bergère decide escribir algunas novelas que se convertirán en grandes éxitos de venta para la época y en las cuales mostraba abiertamente sus inclinaciones bisexuales, entreteniendo así al público y cultivando a la vez su ya incipiente leyenda.

En este tiempo en el que París se rendía a sus pies, conoció a la caprichosa y liberal multimillonaria estadounidense Natalie Clifford Barney, alias Fossey, Harmonie, Amazone, de la que se enamoró.  El idilio duró poco más de un año, pero marcó fuertemente a Liane que lo dejó fielmente plasmado en su obra Idilio sáfico. Esta relación escandalizó a la alta sociedad parisina. La pareja no se recataba en mostrar su afecto en público y aunque aquella sociedad era bastante liberal y permisiva, no estaba preparada para estas relaciones tan abiertamente efusivas.

Convertida en sacerdotisa del placer, sus amantes de uno y otro género se sucedieron a ritmo vertiginoso, en una vida consagrada por igual a la intelectualidad y al erotismo. El entonces príncipe de Gales fue otro de sus amantes. Coleccionó protectores, entre ellos el rey de Portugal, autores de moda, William Vanderbilt, Leopoldo II de Bélgica, lord Carnavon, Henri Bernstein e innumerables condes, duques y príncipes de las familias reales europeas.

Sus cuadernos de memorias son conocidos como los Cahiers Bleus que, a modo de diario privado, recogen su vida entre 1919 y 1941. En ellos narra todas las incidencias de la cotidiana rutina que había elegido para su vida, una vida de lujos plagada de importantes amantes. En estas memorias también recordará con nostalgia “los deditos ágiles” de Natalie Barney.

Posteriormente, en 1920, contraería matrimonio con un príncipe rumano. El príncipe Georges Ghika fue desheredado por su familia, al enterarse de su enlace con Liane, pero ella se acabó convirtiendo en princesa.

Se cuenta que hizo una confesión la víspera de su matrimonio y que le dijo al párroco: “Soy Liane de Pougy. Mañana me caso por la iglesia. He aquí mi confesión: menos robar y matar, de todo”.

Su matrimonio pasó por diferentes etapas, e incluso estuvo a punto de volver a prevalecer el instinto lésbico de Liane, aquel que había inundado gran parte de su juventud con su amada, y después odiada,  Nathalie Barney.

Al morir el príncipe Ghika en 1943, Liane se retiró y se hizo monja de la Orden Terciaria Dominicana. Murió en Suiza el 26 de diciembre de 1950 bajo el nombre religioso que había adoptado: Marie-Madeleine de la Pénitence.

Entre sus obras:

  • L’Insaisissable 1898
  • Myrrhille 1899
  • Idylle saphique 1900
  • Les sensations de Mademoiselle de La Bringue 1904
  • Yvée Lester 1908
  • Yvée Jourdan 1908
  • My Blue Notebooks (Mes cahiers bleus), publicado en inglés en 1979.

Otra bibliografía de interés:

Un capítulo dedicado a Liane de Pougy en el libro: Los poderes de Venus. De Catalina la Grande a Grace Kelly: la historia de las mujeres que se atrevieron a disponer de su sexo. De la escritora Alicia Misrahi (Martínez Roca. 2006).

El París de la Belle Époque, de José María de Areilza. (Planeta, 1989)

Retrato de Liane de Pougy por Antonio de La Gandara.

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