Las chuches de Phonm Penh.

31 mayo 2009 at 22:00 (Fotos, Fotos JAO, Viajes)

Aquel día de Agosto había amanecido plomizo en Phonm Penh.

Desde la terraza donde dormían los niños en aquel caluroso verano se veía, como un puzle desordenado, un abigarrado horizonte de terrazas con tejadillos de colores que empezaban a reflejar los rallos del sol.

Mientras los niños se desperezaban lavándose ruidosamente con el agua de la cisterna de la terraza, los tejados del horizonte iban despertando a la mañana y comenzaban a integrarse en el ruidoso ajetreo de la ciudad.

Phonm Penh_01

Salieron los dos niños de la casa, y caminando por las estrechas callejuelas del barrio, se cruzaron con varias niñas somnolientas, desconocidas, que iban en busca de su madama para entregarla los beneficios de sus aventuras sexuales nocturnas con turistas sin escrúpulos.

Mientras el ruido y el humo de los escapes se iba apoderando de la ciudad desperezándose, pasaron de un barrio desvencijado y miserable a otro más elegante con casas de estilo colonial construidas en los 80, después de la devastación que las legiones del Jemer Rojo se dedicaron a extender por todo el país.

Phonm Penh_02

En algunos cafés de la calle, que invadían la calzada con sus  terrazas perennes con muchas mesas y sillas coloridas de plástico chino, los vendedores de comida ambulante preparaban sus viandas para llevarlas arrastrando en sus carritos y aplacar con ellas el  hambre de los recién levantados y ociosos ciudadanos.

Los niños ya habían desayunado con agua de coco, un tazón de arroz y unas porciones de torta del espinoso durian que su madre había hecho la semana anterior.

Aún recordaban divertidos el hedor insoportable del durian cuando lo abrieron para sacarle las semillas y asarlas. Su madre era una experta en preparar deliciosas tortas con este rey de las frutas.

Phonm Penh_03

Llegaron a las puertas del dorado y majestuoso palacio real. Era aún muy pronto para que hubiera turistas de visita, así que no perdieron el tiempo intentando ofrecer sus servicios como guías de saldo a los turistas solitarios que de vez en cuando se dejaban caer y que estaban al margen de los programas de visitas organizadas con guías oficiales del estado.

De todos modos ya había un tropel de otros niños deambulando por allí, unos con florecillas, monedas antiguas, algún libro, otros con nada, esperando mendigar unos  rieles o en el mejor de los casos un dólar o un euro.

Phonm Penh_04

Los jardines del palacio real estaban vacíos y en calma, pero ya estaban abiertos para recibir a los primeros turistas y en las tiendas de recuerdos ya estaban las dependientas preparando los productos y regalos.

Los niños, como acostumbraban a hacer cuando iban por allí, esquivaron la vigilancia perezosa de los guardias recién incorporados al servicio y atajaron por los bellos jardines del palacio, para llegar al tranquilo y enorme recinto de la Pagoda de Plata, donde vive el Buda Esmeralda, y donde se alzan hacia el cielo las bellas  estupas de reyes y reinas de otros tiempos.

Phonm Penh_05

Este camino era su preferido para todos los jueves. Antes de salir de los jardines palaciegos hacia su destino, en el recinto ajardinado de  la Pagoda del Buda Esmeralda, rodeados por las esbeltas estupas reales, hacían una parada en el estanque de las carpas que había al pie de la gran maqueta de Angkor Wat.

Nunca habían estado en Angkor, solo habían llegado al  lago Tonle Sap, pero su maestro les había prometido conseguir unos pases y visitar aquellas gloriosas ruinas de las que tanto les había hablado.

Phonm Penh_06

El estanque estaba repleto de bullicio y de color y las  carpas siempre estaban hambrientas.

Aunque en ocasiones su madre les había comentado que esas carpas comían mejor que ellos, siempre llevaban una pequeña porción de torta de durian para echársela a estos voraces amigos.  Luego pasaban un rato viéndolas desmenuzar el trocito de la torta en el agua y peleándose por  conseguir los trozos de torta más sabrosos y grandes.

Cuando las carpas se tranquilizaban un poco y habían dado cuenta de la pequeña porción de torta, los niños se refrescaban jugando con el agua del estanque y acometían su última peripecia para llegar a su destino final.

Phonm Penh_07

El museo de  arte Jemer estaba una calle más allá, y su entrada estaba en la calle 178. Solo había que cruzar de nuevo los jardines palaciegos para salir por la puerta principal, donde ya había llegado algún autobús de turistas y los negociantes niños y los pequeños mendigos intentaban arremolinarse alrededor de algunos para ver si sacaban algo.

Los vigilantes estaban más pendientes de los turistas que estaban fuera para entrar que de ellos que querían salir y no habían pagado entrada antes, así que cruzaron la puerta lateral del palacio y corrieron el último tramo hasta las puertas de los jardines del museo, divertidos por su nueva hazaña con éxito.

Phonm Penh_08

Atravesaron los jardines bien cuidados y aparentemente no vigilados del museo, y llegaron al imponente edificio de piedra roja.

El fresco y florido patio de entrada estaba bien vigilado por un enorme león rojo de mirada desafiante.  Ellos estaban orgullosos de ese león. Las historias que les había contado su maestro acerca de esos leones y de otros valiosos recuerdos que albergaba el museo, les había concienciado de la fortaleza lejana de su pueblo y de la riqueza que un día albergó su país y su ciudad.

Phonm Penh_09

Su maestro les esperaba como cada jueves en el estanque del  loto,  justo en el centro del museo Jemer.

En este tranquilo entorno, con el reposo y con la sabiduría adquirida en el monasterio de la montaña donde pasó dos años,  el joven maestro enseñaba a los niños historias acerca de su glorioso imperio pasado, e intentaba inculcarles el amor a la naturaleza y al pacifismo.

Los niños le escuchaban con atención, era el único maestro que tenían en la semana y había que aprovechar todas sus enseñanzas.

Los niños y el maestro hablaban y escuchaban durante toda la mañana y a veces hasta bien entrada la tarde, cuando la luz se atenuaba y el museo comenzaba a cerrar perezosamente.

Phonm Penh_10

A veces, algunos visitantes del museo, robaban la atención del maestro, y él los acompañaba en una parte de su visita y les contaba las historias del misterioso Rey Leproso, otras que relataban la  fuerza de Garuda o la inmortalidad de Shiva y de Vishnú.

Los niños aguardaban su vuelta y aunque no lo esperaran, había veces que el maestro les daba unos rieles, parte de lo que los visitantes le habían dado a él.

Este era otro aliciente de sus largas clases, y aunque no era el objetivo, pues querían aprender, siempre era de agradecer tener algo de dinero.

Phonm Penh_11_1

La tarde caía, y los niños, tras despedirse de su maestro, marchaban del museo hacia la orilla del río Tonle. Allí a veces se reunían con la familia y cenaban de forma improvisada, por lo que podía ser un buen plan para acabar el día.

Al salir del museo daban un paseo por las calles, que ahora estaban en plena ebullición ruidosa de bicicletas, motos, rickshaw y contaminantes tuk-tuks.

Cuando llegaban a la plaza de los cafés cercana al río, el ajetreo de la ciudad había ido decayendo y el insoportable ruido circulatorio de las calles más administrativas y ordenadas, era sustituido de nuevo por la relativa tranquilidad de estas calles más desvencijadas y sin asfaltar y también más sucias con la basura acumulada del día.

Phonm Penh_12

El ruido nunca desaparecía del todo, ya que el caos circulatorio y su ruido inseparable, eran sustituidos paulatinamente por el bullicio humano de la vida en los cafés y por las ruidosas y animadas reuniones familiares de las orillas del Tonle.

El sol iba dejando escapar sus últimas luces  para iluminar de soslayo las oscuras calles que las pocas y tímidas farolas aún no se atrevían a iluminar.

Solo las luces de algunos restaurantes y la iluminación más temprana del Foreing Correspondents Club (FCC), solo frecuentado y asequible a los dineros de viajeros de otras tierras, rompía el miedo y, también tímidamente, iluminaban tenuemente el bulevar del margen del río.

Phonm Penh_13

Esa noche, en la calurosa terraza, los niños soñaron con un árbol que subía al cielo y que  aunque parecía espinoso, eran sus millares de ramas entrelazadas, de apariencia agresivamente espinosa, las que les permitían ascender y ascender, viendo desde lo alto las puntas de las estupas y de las torres del palacio real y de las pagodas, como si estuvieran volando sobre Garuda.

Fue un bonito sueño antes del excitante día de mercado que se avecinaba.

Phonm Penh_14

El mercado central era un laberinto divertido. Tanto fuera como dentro, los tenderetes y puestos se desparramaban por doquier.

Por dentro, bajo el techo abobedado art decó, se esparcían tiendas de relojes, oro y plata, bisutería  y pantalones vaqueros y otras ropas. Por fuera todos los tenderetes que pudieras imaginar.

Los niños iban todos los viernes a intentar vender sabrosas porciones de coco que su madre había preparado la noche anterior. Solían venderlas todas sin problema, ya que resultaban refrescantes para el calor a veces insoportable en algunas partes del mercado.

Además, siempre acababan yéndose a casa con algunas viandas, pescado o alguna verdura, que tenderas que les conocían bien, les regalaban al final del día de lo que les hubiera quedado sin vender.

Phonm Penh_15

Siempre que los niños llegaban a esta zona del mercado, tenían la misma tentación. Escarbaban en sus bolsillos buscando los rieles que su maestro les había dado el día anterior, cuando marchó a contar historias de reyes y dioses a los turistas visitantes del museo.

Miraban el tenderete y acariciaban las monedas en sus bolsillos, sin que se vieran, mientras daban vueltas a lo que iban a hacer. Recordaban los consejos de su maestro acerca del sacrificio, del respeto a la naturaleza  y de cómo había que evitar los caprichos innecesarios para purificar el cuerpo y el alma.

Phonm Penh_16

La tentación siempre acababa venciendo. Se miraban de reojo los dos niños, rebuscando sus monedas tintineantes, luego no se lo contarían a su maestro, no lo consideraban ningún pecado, solo pensaban en lo buenas que estaban esas chuches que se apilaban en montañitas deliciosas, esperando que ellos las degustasen una vez más.

Sacaban las monedas de sus bolsillos y se acercaban al puesto mientras la observadora  tendera ya les espetaba -A ver hermosos, ¿Qué queréis?-

-Dos arañas caramelizadas y un cucurucho de cucarachas fritas con miel-

Phonm Penh_17

6 comentarios

  1. Andrés said,

    Una bonita historia, que imagino serán tus experiencias en Camboya, muy bien narradas en la piel de estos críos. Los países sudasiáticos tienen que ser maravillosos, tan diferentes, misteriosos y sorprendentes, me encantaría visitarlos.

    El final ha sido muy cachondo, cuando lei lo de las chuches, no pensaba que fueran tan insectadas.

    • Jesús Angel said,

      Gracias Andrés. La verdad es que tal vez me haya precipitado con esta historia y me haya dejado llevar más por las fotos que por la propia historia en sí. Bueno lo consideraré un boceto de cuento que tal vez algún día perfeccione.
      Lo de los insectos es una pasada… Allí les encantan y bueno, a mi me los dieron a probar, pero me dan repelús. ¡No los caté!
      Un abrazo.

  2. Jenny said,

    Pues si que es bonita la historia y las fotos son preciosas.

    Las chuches como que no me agradan mucho,

    Un saludo.

    • Jesús Angel said,

      Hola Jenny.
      Las chuches a mi sí me gustan, las zaras rojas, los refrescos esos burbujeantes que cosquillean en la lengua, esos sí, pero los saltamontes, (chapulines que los llaman en México), ya no me hacen tanta gracia, y bueno… las arañas agggg… ni te cuento.
      Saludos.

  3. Nienna said,

    Bueno,bueno,bueno…,vaya viajecillos que te pegas, ja,ja,ja
    A mi lo asiático no me tira mucho; yo soy europea adoradora de su continente. Vamos, que yo no viajaría tan lejos ni gratis. Pero reconozco que tienes una gran suerte de viajar tanto y conocer otros lugares y culturas.
    Respecto a las famosas chuches…, yo no pruebo eso ni aunque me pagen la hipoteca del piso a tocateja XD! Sería incapaz de agarrar esa pedazo araña por una patita y darle un mordisco. Agggg, que askito más grande….
    Yo prefiero las nubes de algodón o marshmallows, que son mi verdadera pasión dulcera y son más inocentes de aspecto que las arañas gordas y peludas.
    Más besotes Jesús!

    • Jesús Angel said,

      Yo también prefiero las nubes de algodón a las arañas peludas fritas. jejejeje
      La verdad es que a mi si me tira Asia, bastante. El sureste asiático lo conozco bastante (bueno, he estado por allí de pasada unos cuantos años seguidos en verano) y la verdad no me canso.
      Este año voy a ser más europeo, que a mi también me gusta este viejo continente nuestro.
      Besos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: