En Busca de Sara…

21 enero 2010 at 22:00 (Guadalajara, Historias para no dormir, Memorias del Otto, Relatos, Relatos de JAO, Relatos de JAO)

Cuando alguien lea estas letras tal vez me tome por loco, pero para entonces ya será tarde.  Nadie podrá encerrarme ni juzgarme, ya no pasaré ni sed ni hambre, se habrá  acabado el lujo y la horrible fiesta.  Habré cumplido mi injusto papel en esta historia, que ni yo mismo acabo de creer, si no fuera porque aún siento escalofríos y desesperación cuando intento recordarla y escribirla.

Entre párrafo y párrafo, me levanto y miro a la montaña a través de los barrotes de esta celda, como buscando entre la nieve y la niebla las palabras que necesito para narrar ese insano conocimiento que me llevará a la muerte. Evitando el sol, escruto la montaña, busco con los ojos muy abiertos en la lejanía. Ya no puedo sino apretar los dientes y tapar mis oídos lo más fuerte posible para apartar de mis sentidos su llamada. Su diabólico cántico no puede ser escrito en papel, solo me queda garabatear esas extrañas palabras que trae el viento en el negro muro de la celda, ocultas a sus ojos.

¿Cuándo comenzó esta pesadilla? Mi mente está embotada por los acontecimientos, pero nunca olvidaré la deslumbrante fiesta que Sara se empeñó en dar. No entendía qué pretendía celebrar y me extraño la esmerada preparación de aquellas invitaciones a personas de su pasado que yo ni siquiera conocía. Ahora lo entiendo todo, era una despedida, la despedida de mi querida Sara antes de partir desde el mundo de los vivos al de los infiernos. ¡Dios ayúdame!

El día de la fiesta al regresar de mi paseo atardecía, aún había nieve en el camino que llevaba al castillo. Las verjas de la finca estaban abiertas de par en par y ya había algunos coches en la puerta con los primeros invitados. Me apresuré para lavarme y vestirme de gala, mientras los criados iban introduciendo a aquellos desconocidos en el gran salón.  Allí estaba ella, deslumbrante con aquel vestido blanco, toda su belleza creaba un maravilloso resplandor a su alrededor. Me miró de forma encantadora cuando subí la escalera hacia el vestidor, nunca podré olvidar aquella dulce y última sonrisa.

Recuerdo que bebí demasiado durante la velada, también conocí brevemente a algunos amigos de Sara. No entendía qué significaban para ella y tal vez fue eso lo que motivó mi ataque de celos, eso y el coqueteo que se traía con algunos de aquellos hombres, aquellos desconocidos. La discusión aún tardó en aflorar, pero no podía soportar la imagen de su cuerpo refulgiendo entre aquellos buitres babeantes. Ya se marchaban los últimos y agarré a mi esposa de la muñeca, apretándola de una forma nada natural, como reflejo un tanto agresivo de mi más profunda herida. Ella, sin perder la sonrisa y mientras despedía a uno de sus amigos con un beso en el cuello que me hizo enrojecer de ira, me dirigió una mirada que hizo que aflojase mi mano de inmediato. Nunca había visto sus ojos de aquella manera, me atravesaron de forma inexplicable. Quedé petrificado mientras alguien me dedicaba un último apretón de manos y me susurraba que tenía una mujer maravillosa.

Todos los invitados se fueron y Alfred cerró las puertas de la casa, ella se giró mirándome altiva, nunca la había visto de esa manera, tan fuerte y tan superior a mí. Sin decirme una sola palabra, soltó una carcajada que me heló la sangre; abriendo la puerta pequeña del salón, salió a la fría noche con su vaporoso vestido blanco agitándose al viento.  Salí tras ella mientras cogía presuroso el farol que mi criado Alfred portaba. Pude ver como giraba por el patio a la altura de la pequeña ermita que era mausoleo de su familia. Mientras lo hacía volvió a mirarme, pero la dulzura había desaparecido de su rostro,  la sonrisa que su boca dibujaba era una diabólica invitación a la lujuria. Un intenso frío me recorrió la espalda de forma dolorosa, pero rápidamente encaminé mis pasos hacia aquel esquinazo que ella había doblado. No la veía por ninguna parte. Pude comprobar en la nieve sus pequeñas pisadas que delicadas se alejaban del patio adentrándose en el bosque.

Aún me tiemblan las piernas cuando rememoro cómo me encaminé intranquilo hacia la espesura, cómo aquel viento imposible me impidió dar un paso adelante mientras traía a mis oídos fríos susurros ininteligibles y aterradores. Petrificado, volví sobre mis pasos tapándome los oídos e intentando no escuchar aquellas extrañas palabras. -¡Ya volverá!- dije para mis adentros mientras volvía al salón y me servía apresuradamente una copa.


Me despertó Alfred a la mañana siguiente. La botella de brandy estaba vacía en mi regazo y Sara no había vuelto a la casa.

Ella era una experta montañera, siempre muy bien orientada, conocedora de las estrellas. Me costaba aceptar que hubiera podido extraviarse en aquél bosque que circundaba nuestra mansión, así que mi primer pensamiento se dirigió a la ermita. Con ayuda de Alfred abrimos las herrumbrosas verjas del pequeño patio. El edificio estaba cubierto por enredaderas que solo dejaban entrever sus ventanales góticos y su magnífica puerta de madera de roble, que estaba totalmente despejada. Su visión me hizo recobrar la conciencia y el ánimo pues pensé que Sara estaría allí dentro, resguardada de la fría mañana, tal vez con una resaca parecida a la mía.

¡Qué equivocado estaba!  Allí dentro no había nadie vivo, solo las tumbas de los antepasados de Sara cubrían las paredes de la pequeña ermita. Pero algo llamó mi atención de forma escalofriante. En el cuadrante norte, a la derecha del altar, se erigía una estructura totalmente nueva para mí. No es que conociera bien aquel recinto decadente, nunca me interesó el mundo de los muertos, pero aquel sarcófago incrustado en la pared, aunque con una apariencia antigua y polvorienta, atrajo mi vista de forma inmediata.

Noté como los dientes de Alfred castañeaban detrás de mí cuando, también tembloroso,  limpié las inscripciones de esta nueva tumba. Horrorizado vi allí marcado en la piedra, con una perfecta letra artesana, el nombre de mi querida esposa. No podía creer lo que estaba viendo, Alfred dejó caer el farol tras proferir un angustiado grito de terror.

Me costó convencerle para que profanáramos aquel extraño enterramiento. Finalmente mi alterado raciocinio se impuso a la superstición de mi criado que, desencajado, me ayudó a retirar la losa del sarcófago. Un aire nauseabundo surgió de la cavidad abierta y las  frases susurradas de la noche anterior volvieron a silbar en mis oídos de forma espeluznante. Aguantando aquel hedor y aquellas palabras de ultratumba, vi el vestido desgarrado de Sara estirado en la profundidad del sepulcro. Con una valentía que no sé de dónde saqué, acerque el farol a la cavidad y retiré con cuidado el vestido vacío, solo pude lanzar un grito apagado al descubrir el cadáver aún caliente de un enorme perro, tal vez un lobo, un animal infernal en cualquier caso, que parecía mirarme con sus ojos vacíos, con sus fauces terribles entreabiertas y sanguinolentas.

Bajé de aquel sarcófago, sin palabras, sin aliento. Solo una desesperación indescriptible se había apoderado de mí. Alejándome de aquella increíble pesadilla choqué con el cuerpo de Alfred al pie de la losa. Debía haberse tropezado presa del pánico y se había golpeado con algo. Aún respiraba, así que  con miedo a moverle, encaminé mis pasos al pueblo cercano en busca del médico. No lograba explicar nada de forma ordenada, las ideas se mezclaban en mi mente con las extrañas palabras, frases ininteligibles que me llegaban a través del viento de la montaña. Tuve que llevarme casi arrastras al médico, farfullándole explicaciones incoherentes y aturulladas, para ir a socorrer al pobre Alfred.

Imagino que sería el primer síntoma de locura que aquel médico rural apuntaría en su largo informe. Arrastrarle a la ermita del castillo para nada. Una tumba abierta vacía, sin rastro del infernal animal desangrado en su interior, y, sobre todo, sin rastro de Alfred.

Ni que decir tiene que aquel hombre de ciencia no creía ni una sola palabra de lo que yo le contaba balbuceando. Y con la sugerencia de que llamase a la Policía, me dejó apesadumbrado y hundido en el frío salón del castillo, frente a otra botella de brandy.

Atardecía cuando tomé la nefasta decisión de buscar a Sara y a Alfred, de encontrar a cualquier precio los aciagos despojos que habíamos hallado en aquella hora infernal, en aquel mausoleo indeseable. Nefasto sería, en efecto, el precio a pagar, la cordura nunca asomará ya en mi cabeza y la serena belleza de la muerte es la única que anhelo cuando recuerdo lo que vi a continuación.

Con un farol lleno,  armado con el rifle salí intentando descubrir alguna huella. Allí cerca, en una gran losa cubierta por la nieve temprana, pude ver colgando un jirón del vestido blanco y la forma de una delicada mano femenina grabada en la nieve. Con un estremecimiento seguí por aquel camino cuesta arriba hacia el bosque.  Según avanzaba los gemidos del viento taladraron de nuevo mis oídos y más allá.

Al doblar un recodo la vi, allí en la espesura su piel blanca se fundía casi con la nieve que la rodeada, me miraba con los mismos ojos lujuriosos que la última vez y de su boca entreabierta chorreaba un hilillo de sangre que su lengua intentaba borrar. Ella estaba en cuclillas mirándome fijamente mientras sus manos jugaban con algo a sus pies. No podía retirar mi vista de su mirada, de su bello rostro apresado por la locura. Por fin, como queriendo evitar la aceptación de lo más doloroso, baje la vista para encontrarme horrorizado con la cabeza de Alfred entre sus blancas manos.

Presa de la repulsión grité hacia aquel monstruoso ser. Lo único que encontré por respuesta fue su risa penetrante que se mezcló de forma insoportable con los quejidos lastimosos del viento de la montaña, formando en mi cerebro un coro de palabras extrañas e infernales que  transcribo día y noche en el muro de esta prisión.

Me arrastré al pueblo con el recuerdo imborrable de mi bella Sara devorando a mi criado, con su risa infecta impregnando mi pensamiento, llamándome a la montaña para saciar su voracidad.  Ahora solo espero que la justicia de los hombres acabe con estos  sufrimientos que soy incapaz de transmitir a nadie, que envuelven poco a poco mi mente en la locura.

Con estas palabras acababa el extraño relato del conde Isaías Karpov, que yo, Lucas Bernese, notario del Imperio en Basilea, elevo en esta acta oficial para abrir la investigación de este extraño caso de desaparición y tal vez locura. El conde Karpov no soportó el encierro, obsesionado con la terrible guillotina, dejó las ganas de vivir en este escrito junto a las extrañas transcripciones del muro que también forman parte integrante de esta acta. El doctor Gregory Hess levantará el certificado de defunción y en unos días me acompañará al castillo de Matzingen donde intentaremos esclarecer los hechos, si es que éstos pudieran ser aclarados.

9 comentarios

  1. Andrés said,

    Vaya bruja estaba hecha la Sara. Muy buen relato de terror, creo que daba para más historia, veo muchos interrogantes que podrían ser extendidos.

  2. Espineli said,

    Que terrorífico relato, la verdad es que da mucho yuyu la historia, a ver cómo concilio el sueño esta noche.

    Salu2!!

  3. carlos_roda said,

    Muy bueno Jesús, me ha gustado muchísimo y me lo he pasado de miedo leyéndolo. Digno de los más terroríficos y escalofriantes relatos de Poe, o de las Leyendas y Narraciones de Bécquer.

    Saludos y un fuerte abrazo!

    • Jesús Angel said,

      Hola Carlos, Espinelli y Andrés. Me alegro que os haya gustado. Llevaba años sin esctibir relatos de terror. Ahora tengo varios y estoy en ello. A ver si también os gustan. Un abrazo a los tres.

  4. Andrés said,

    Tio, que no sabía que era tuyo, Felicidades, a ver si escribes más y los publicas, que están geniales, me pirro por las historias de terror y suspense.

  5. Jenny said,

    Yo tampoco sabía que era tuyo Jesús Ángel!
    La segunda vez que lo leo y me ha vuelto a estremecer.
    Felicidades por tu relato.

  6. Valle said,

    Muy buen relato,escalofriante. Me “alegra” un montón este tedioso Domingo de Febrero.
    Enhorabuena!

  7. rafa said,

    Buena historia,muy decimonònica,muy Poe y….muy corta¡ Queremos más.

    • Jesús Angel said,

      Que tal Rafa.
      Bueno, te he enviado un pequeño adelanto por e-mail. tengo que maquetarlo un poco para publicarlo en el blog, así que tardará un poco más y será al menos en dos capítulos o tres.
      un abrazo.

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