La Ruta del Tabaco

14 enero 2011 at 22:00 (Cine, Comedia, Erotismo, Ilustración, Literatura, Novela, Publicidad, Teatro) (, , , , , , , , , , , , , , , )

Últimamente se oye hablar mucho acerca de la ley anti-tabaco.  La prohibición ha llegado a bares, cafeterías, pubs y discotecas, y los no fumadores están contentos. Los fumadores sin embargo no lo estamos tanto, pero, ¡qué remedio!   La ley es la ley y una vez más el sistema aboga por los derechos de la mayoría saludable arremetiendo contra  esa minoría de irresponsables autodestructivos.  ¡Así no contaminaremos el aire común a respirar!

Yo, como fumador, comprendo la medida, y entiendo la alegría de los no fumadores, pero no entiendo las posturas radicales promovidas por algunas asociaciones anti-tabaco, que animan para que haya denuncias contra algunos lugares por su permisividad, o contra algunos ciudadanos (que sí, que también los fumadores lo son) por su despiste o desacuerdo. Así, veo a algunas asociaciones de no fumadores que, sinceramente, me parecen de otro tiempo. Algunas me recuerdan a las ligas antialcohólicas santurronas de los USA que promovieron La Ley Seca, aquella  que hizo ricos a algunos gánsteres americanos.

Tampoco aguanto ver a la ministra de sanidad, ponerse chula recordando las normativas acerca de los clubs de fumadores, que parece que podría ser una solución para algunos sitios que quieren seguir dejando fumar en sus recintos a parte de su clientela. Hay que fastidiarse, como a la gente mediocre, el tener poder le da alas.

Pero no voy a entrar en polémicas. Ya me he acostumbrado a la situación, aunque imagino que otros no se adaptan o no quieren adaptarse y entiendo que se cabreen o protesten. Creo que hay otras cosas más importantes por las que preocuparse, como la crisis, el desempleo o la podredumbre que rodea al desgastado sistema capitalista y la basura que rodea a los políticos, meras marionetas del capital y los mercados.

NO nos pongamos demasiado profundos. Sirva esta disertación introductoria, simplemente, para recordar unos cuantos carteles que ahora están prohibidos, pero que en su momento sirvieron para entrar por los ojos y vender al personal esta droga legal cada vez más perseguida.

Al final de la galería seguiremos con más sorpresas en la senda del tabaco.

Como habréis visto, Hollywood se volcó con la industria del tabaco, y muchas estrellas pusieron su rostro y sus bocanadas de humo al servicio de la publicidad.

Otro empedernido fumador de pipa, facturaría en 1941, una película en la que apenas se echa humo, si excluimos el de los malogrados coches que caen en manos de la enloquecida familia Lester. Y eso que el título hace referencia a una ruta que conoció mejores tiempos, la ruta del tabaco en el profundo sur americano de Georgia. (Tobacco Road).

Con un argumento basado en la novela de Erskine Caldwell y en la adaptación para Broadway de Jack Kirkland, Tobacco Road se considera por muchos expertos como la única cinta fallida de John Ford de aquel periodo. Desde luego, si se compara con las dos películas del año anterior, Hombres intrépidos (1940) y Las uvas de la ira (1940), o con la siguiente, ¡Qué verde era mi valle! (1941), verdaderas obras maestras todas ellas, nos encontramos con una comedia estridente, repleta de slapstick, himnos religiosos y humor gamberro, en la que Ford intenta retratar el profundo sur de la ruta del tabaco enmarcado en la época de crisis de la Gran depresión americana, incluyendo a los paletos incultos que por allí sobreviven.

La película nació marcada por el enorme éxito de la obra de teatro y de la novela, y por las exigencias de la censura. John Ford no había visto la obra y no sabía nada de poblados sureños miserables.

Para el guionista del film, Nunnally Johnson, el problema estuvo en el desacuerdo entre Ford y los personajes. Afirma Johnson que el director le dio un montón de irlandeses salvajes que nada tenían que ver con los paletos sureños que se pretendía retratar. Como Ford no sabía nada de paletos del Sur, y sí sabía mucho de irlandeses, los convirtió a todos en irlandeses, ya que para él un paleto inculto de clase baja y un irlandés inculto de clase baja eran idénticos.

Destaca la excelente fotografía en blanco y negro y una infinidad particularmente hermosa de grises.

El tono de la película cambia de escena en escena, sucediéndose el tono elegiaco y los gags de forma continua.

Muy destacables también las excelentes interpretaciones de Charley Grapewin en el papel de Jester Lester y de la hermosa, a pesar de los censores, explosiva y aquí aparentemente inocente, Gene Tierney, que rebosa sexualidad en todas sus apariciones.

A pesar de las malas críticas y el fracaso total que supuso esta adaptación, esta obra menor de Ford, a mí particularmente me encanta.

Lo entrañable del optimismo irreal que finalmente repunta, aunque sea solo un sueño pasajero, sobre la miseria y la ignorancia. El retrato de ese  sur americano que poco o nada tiene que ver con el de Lo que el viento se llevó, la visión de la crisis en la que están sumidos sus personajes o la presentación de las dualidades entre la religión y la ignorancia o la mansedumbre aborregada, la miseria y los inmisericordes bancos, la pereza y el hambre, el sexo y todo lo demás.



Si a todo esto, le añadimos alguna de las tonadas gospel de la Hermana Bessie y la bocina alocada de Dude Lester, no lo dudéis, la diversión estará asegurada en la ruta del tabaco, donde está prohibido fumar, hasta los títulos de crédito.

Fuentes documentales utilizadas:

John Ford. Filmografía completa. Scott Eyman / Paul Duncan (Ed.) TASCHEN.
La vida y época de John Ford. Scott Eyman. T&B Editores.

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Edgar y Roger, un coctel sangriento

30 marzo 2010 at 22:00 (Cine, Erotismo, Ilustración, Literatura, Mis Mitos del Cine, Novela, Relatos, Terror)

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia.”

Estas palabras de confesión desesperada en la víspera de su ejecución proceden del relato “El gato negro” de Edgar Allan Poe, pero bien podrían referirse a la propia vida de un artesano industrial, buen conocedor de su oficio, que realizó lo impensable en aquel Hollywood a lo largo de su carrera cinematográfica. Hizo lo que otros no podían creer rechazándolo por imposible. Su autobiografía, publicada en 1990, lo resume bien en su título: How I Made a Hundred Movies in Hollywood and Never Lost a Dime (Como realicé un centenar de películas y nunca perdí un centavo).

Roger Corman, licenciado en ingeniería, en las especialidades de física y termodinámica, pronto se incorporaría a la industria de Hollywood, atraído por la magia del cine. De recadero para la 20th Century Fox pasaría a lector de guiones, luego a guionista, productor y director de películas de muy bajo presupuesto.

Creó un eficaz equipo de técnicos y actores que le permitía rodar hasta setenta y ocho planos diarios. Por ejemplo, en 1956, produce y dirige diez largometrajes en menos de diez días cada uno, con un coste medio de sesenta y cinco mil dólares, consiguiendo beneficios con todos ellos.

Entre 1960 y 1964, Corman dirigirá siete títulos basados en relatos de Edgar Allan Poe, por los que sería más conocido. Estas adaptaciones prometían una intención de poner en marcha producciones más ambiciosas de las que eran habituales en el seno del modesto estudio para el que trabajaba, la American International Pictures (A.I.P.), utilizando para ello más presupuesto, el color, el formato scope.

Estos títulos son: El hundimiento de la casa Usher (House of Usher, 1960), El péndulo de la muerte (The Pit and the Pendulum, 1961), La obsesión (The Premature Burial, 1962), Historias de terror (Tales of Terror, 1962), El cuervo (The Raven, 1963),  La máscara de la muerte roja (The Masque of the Red Death, 1964) y La tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1964).

Para el rodaje de estos filmes no dudaría en aplicar sus métodos bien engrasados. Así,  El hundimiento de la casa Usher se rodaría en quince días por doscientos mil dólares y  La máscara de la muerte roja se realizaría en cinco semanas por algo más de un millón de dólares de la época.

Para dirigir estas historias, Corman tendría que ingeniárselas para vencer a los dos principales problemas a los que un director de cine debe enfrentarse a la hora de poner en la pantalla la obra de Poe. En primer lugar la brevedad de las historias y en segundo lugar su desarrollo en forma de monólogo, fruto de la narración en primera persona que solía utilizar el genio atormentado de Boston.

Pero Roger Corman tenía soluciones para todo. El primer problema lo salvaron  utilizando los relatos de Poe como clímax construyendo alrededor los actos que hicieran falta intentando ser lo más fiel posible al autor pero incorporando personajes secundarios que permitieran alargar la historia. Con esto se aseguraban alcanzar los 80 minutos reglamentarios de duración que se necesitaba para la exhibición en una sala cinematográfica. El segundo problema se resolvía apoyado en la premisa anterior. Los monólogos terribles y a menudo ambiguos de los personajes de Poe, se transformaban en diálogos a repartir entre los figurantes de la trama.

De esta manera y con esos métodos, Corman elude la visión subjetiva y ambigua de Poe a favor de una presentación argumental objetiva, basada en los hechos y estructurada a través del diálogo.

Ni Corman ni sus guionistas (Richard Matheson, Charles Beaumont, Ray Russell, R. Wright Campbell o  Robert Towne) tuvieron mucho interés en ser verdaderamente fieles a la letra de Poe aunque retrataron perfectamente el ambiente escalofriante descrito por el autor decimonónico, utilizando con certeza algunos de sus más populares golpes de efecto: muertas buscando venganza, mazmorras y oscuras mansiones, demoníacos instrumentos de tortura, gatos negros, personajes dementes y/o atormentados.

Corman no ocultó en ningún momento que una de las razones que le llevaron a adaptar la obra de Poe, aparte de la fascinación que sentía por ella, fue que sus cuentos eran de dominio público y no había que pagar derechos de autor. No cabe duda que siempre estaba preocupado por la rentabilidad en taquilla  y que Poe le inspiraba la creación de unos productos de fácil consumo para un público objetivo ávido de terrores.

Para perpetrar este coctel sangriento de filmes, Corman no dudaría en reclutar para su causa a emblemáticos actores del cine clásico de terror y suspense como Boris Karloff, Peter Lorre, Vicent Price, Ray Milland o Basil Rathbone.

Todos ellos interpretarían  personajes al más puro estilo Poe. Personajes atormentados unas veces, maniáticos otras, fríos y calculadores a veces, dementes muchas.

Si bien la literatura de Edgar Allan Poe no se prodiga por grandes dosis de carnalidad femenina y la presencia de la mujer no parece necesaria en muchos de los relatos o aparece como la materialización de cierto modelo de belleza romántica, el cine de Corman no tendrá reparos en proporcionar esas porciones carnales necesarias para facilitar la distribución de los filmes.

Así encontramos a actrices que, en el celuloide, transforman en carne los modelos idealizados y las lánguidas heroínas de Poe. Vengativas casi todas, frías, calculadoras y manipuladoras en busca de un objetivo nada ideal y sí muy tangible muchas otras, se incorporarán a esta serie de títulos una serie de hembras rotundas para animar a los apáticos y nada erotizados protagonistas y de paso reforzar así la carga sexual de los relatos.

Las actrices que se encargarán de esta grata tarea serán entre otras Myrna Fahey, Barbara Steele, Debra Paget, Jane Asher o Elizabeth Shepherd.

Una vez que Corman abandonó el universo de Poe, el estudio AIP siguió exprimiéndole jugo al escritor, hasta el punto de convertirlo en una especie de marca comercial que se colocaba delante del título del film. Surgen de esta manera algunos títulos con una relación con la obra de Poe ligera o incluso nula. En muchos casos esta relación se limita a la inclusión de una cita literal para iniciar o clausurar el film o a la utilización de algún título tomado de sus relatos. Entre todos esos filmes podemos mencionar  The Haunted Palace, dirigida por el propio Roger Corman, que toma su título de un poema incluido en “La caída de la casa Usher”, pero cuyo argumento realmente está basado en la obra de H. P. Lovecraft.

Al margen de estas siete adaptaciones, Corman dirigiría también en paralelo algunas otras películas con ambientes y temáticas muy parecidas. Así se podían aprovechar los decorados y materiales e incluso se aprovechaba a los actores. Entre estas obras podríamos destacar El terror (The Terror, 1962) o La torre de Londres (The Tower of London, 1962).

Fuentes documentales utilizadas:

Las sombras del Horror. Edgar Allan Poe en el cine. Capítulo de Roberto Cueto. Ed. Valdemar Intempestivas. 2009.
Enciclopedia de Cine de Terror. Planeta de Agostini. 1992.
Edgar Allan Poe. Cuentos /1. Traducción de Julio Cortázar. Alianza Editorial. 1978.
Diccionario Espasa de Cine. Augusto M. Torres. Ed. Espasa. 1996.

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De brujas, hogueras y cenizas

14 marzo 2010 at 22:00 (Erotismo, Historias para no dormir, Literatura, Memorias del Otto, Novela, Poesía, Relatos, Relatos de JAO, Relatos de JAO)

In my craft or sullen art
Exercised in the still night
When only the moon rages
And the lovers lie abed
With all their griefs in their arms,
I labour by singing light
Not for ambition or bread
Or the strut and trade of charms
On the ivory stages
But for the common wages
Of their most secret heart

Not for the proud man apart
From the raging moon I write
On these spindrift pages
Nor for the towering dead
With their nightingales and psalms
But for the lovers, their arms
Round the griefs of the ages,
Who pay no praise or wages
Nor heed my craft or art.

*(En mi oficio u hosco arte / ejercido en la noche en calma / cuando sólo rabia la luna / y los amantes descansan / con sus penas en los brazos, / trabajo a la luz cantora / no por ambición ni pan / lucimiento o simpatías / en  los escenarios de marfil / sino por el común salario / de su recóndito corazón.

No para los soberbios aparte / de la rabiosa luna escribo / en estas páginas rociadas / por las espumas del mar / ni para los encumbrados muertos / con sus ruiseñores y salmos /  sino para los amantes, sus brazos /  abarcando las penas de los siglos,  / que no elogian ni pagan ni / hacen caso de mi oficio o arte. )*

Tras leer este poema de Dylan Thomas, Larry miró a la ciudad dormida por el ventanal del salón, mientras apuraba las últimas caladas de aquel cigarro enorme.

Entrecerrando los ojos, rodeado por el espeso humo que se duplicaba en el cristal, le pareció ver a lo lejos, en el cielo, entrecortándose sobre la luna, a Guillemette Babin, blanca y desnuda, sobre el lomo de un imponente macho cabrío negro. Se asía a sus crines con firmeza, curvando su cuerpo hacia atrás, gimiendo mientras se balanceaba sobre aquel cabrón volador.  Otros engendros de la naturaleza la seguían, piedras voladoras con extraños signos grabados a cincel, enrojecidos tizones sin gravedad escapados de una gigantesca chimenea, tiburones del aire que enseñaban los dientes mientras navegaban aleteando en el aire de la noche, enormes escobas y escobones entretejidos con ramas de parra seca, atados a un palo pulido y encerado. Todos estos ligeros seres y artefactos llevaban pasajeras, bellas jóvenes que levantaban los brazos deleitándose con el frescor del aire de la noche o viejas más cuidadosas, que se aferraban a los animales o a las cosas con temor de perder el equilibrio y caer al vacío. Mientras volaban se embadurnaban el cuerpo con ungüentos e intercambiaban bebedizos entre ellas, riendo y sollozando de placer.


Larry veía en las oscuras sombras de la luna primero y en la campiña distante después, una enorme fogata donde reposaba un caldero humeante en peligroso equilibrio. Veía como las mujeres voladoras iban llegando a aquella fiesta, donde extraños animales peludos, lobos, carneros, dragones y cerdos ya bailaban alrededor de aquella pira, dando saltos imposibles unos, aleteando alegres otros. Guillemette y sus compañeras se incorporaron al círculo festivo y con sus pieles desnudas enrojecidas por la luminosidad del fuego no tardaron en contorsionarse alzando los brazos mientras pisaban las brasas sin que las espantase el dolor, más bien todo lo contrario, aquellos restos incandescentes repartidos por la tierra parecían copular con ellas a juzgar por los resultados del  contacto con su piel, los susurros y los gemidos que emitían, sus gritos de obsceno placer.

Le pareció escuchar en ese momento el llanto de un niño, que explotó justo cuando comenzaba a salir un humo negruzco muy denso de la hoguera.

El ruido de un reactor atravesando la noche le hizo abrir sus ojos. Las luces de la ciudad se desparramaban por su campo visual, se apagaban y encendían, corrían o se paraban, brillaban en los grandes bulevares o se oscurecían en los fríos callejones. El cigarro se había apagado en sus labios, así que lo aplastó en el cenicero de la mesa y se sentó en el sofá para descansar del ajetreado día de trabajo en la oficina. No tardó en adormecerse y en tener una ligera pesadilla que fue llevándole a las profundidades del sueño, a la oscuridad de una húmeda mazmorra.

El hierro candente rasgó el cuerpo de Guillemette desprendiendo vapor con un nauseabundo olor a carne churrascada. Sus gemidos se perdían en las profundidades de aquella prisión, pero no llegaban al corazón de la tierra ni despertaban al señor del abismo. El demonólogo Jean Bodin azuzaba con sus preguntas a aquella bella hembra desnuda que se retorcía de dolor en el potro.

La denuncia anónima había sido depositada por un alma bondadosa en la caja negra de la catedral. Había que lograr discernir como una mujer bella e inteligente como Guillemette se había dejado seducir por el maligno, qué crímenes perversos había cometido en los aquelarres, qué otras cómplices tenía en sus negras fechorías.


El silencio de la mujer y el que no existiera la marca del diablo en su bello cuerpo, confirmaban que era una fiel seguidora del averno, ya que era bien sabido que el demonio solo marcaba a los acólitos de los que no estaba muy seguro, pero nunca marcaba a los que eran de su máxima confianza que ocupaban lugares privilegiados en su reino. No cabía duda, su crimen era abominable contra Dios y como tal había de ser castigado con la pena de muerte, sin posibilidad de conmuta por ninguna autoridad de los hombres.

Aquella mañana era nublada y el frío estremecía a más de un espectador en la plaza mayor. Guillemette fue conducida al centro cubierta con un manto. Cuando la subieron a lo alto de la pira, la despojaron de aquel abrigo dejando su cuerpo desnudo a la vista del público. La ataron con unas cadenas al poste y prendieron fuego a los enormes haces de leña bajo sus pies. Algunos curas rezaban letanías y consolaban al populacho ignorante que veía mientras, lujurioso, como se consumía la belleza de aquella bruja. Aquel crepitar de llamas y el humo que desprendían con ese olor a carne quemada, subieron a la garganta de Larry desde lo profundo de su estómago. Se removió en el sofá para adoptar otra postura menos agobiante.

A la mañana siguiente, Alma, la criada indonesia de Larry, se asustó con el fuerte olor a quemado que encontró al entrar en la casa y llamó a la policía. No había ningún rastro de Larry allí, y tras unas semanas de búsqueda lo dieron por desaparecido en misteriosas circunstancias. En el informe de registro del forense, se hacía mención a la gran cantidad de cenizas que se hallaron sobre el sofá del salón y que resultaron ser de sarmiento. Nadie se explicaba cómo pudieron llegar allí y si su combustión, imposible sin haber provocado un incendio en la casa y en el edificio, fue la causa de aquel penetrante olor a quemado que parecía salir de las mismas entrañas de la tierra.


Referencias:

PoemaIn my craft or sullen artde Dylan Thomas.

Grabados de Bernard Zuber para el libro del novelista francés Maurice Garçon: La vida execrable de Guillemette Babin, bruja, publicado en 1926.


Demonomanie des Sorciers (Of the Demonomania of Witches), del francés Jean Bodin.


Película francesa de Guillaume Radot, del año 1947: Le destin exécrable de Guillemette Babin.


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Liane de Pougy. Cortesana antes que monja

3 marzo 2010 at 22:00 (Erotismo, Fotos, Historia, Ilustración, Literatura, Novela, Relatos)

En el París optimista de la Belle Époque, cuando la Gran Guerra no era más que una amenaza lejana, los salones de la ciudad de las luces se abarrotaban de burgueses y de artistas, se preparaba la exposición universal de 1900, y los forasteros ricos de América y Europa visitaban el centro de atracción mundial, la capital del mundo. Fue en este momento cuando comenzaron a abrirse camino las revistas como género de espectáculo nocturno, la importada fórmula del music-hall.

En París, el más famoso cabaret se llamó Folies Bergère y su éxito prodigó la aparición de otros seis music-halls en la capital francesa. Además del Folies Bergère, aparecieron el Moulin Rouge, el Casino de París, el Alcazar dÉté, el Olympia y el Ambassadeurs.

Estos espectáculos no solo consistían en un escenario donde se exhibía arte y danza, sino que reunían a numeroso público en busca de contactos sociales y galanteos.

En este ambiente nocturno, era normal que las vedettes destacadas se hicieran famosas, no solo por sus números y actuaciones, sino por convertirse en cortesanas de lujo. Las demi-mondaine eran las bailarinas que se dejaban proteger por ricos caballeros. Estas artistas y putas de alta alcurnia seducían a reyes, príncipes, políticos y multimillonarios y disfrutaban de la vida loca rodeadas de máximo lujo.

Desde el escenario del Folies, destacó un trío de reinas que estaba en boca de los círculos de élite parisinos. Este bello trío ganador estaba compuesto por las vedettes Liane de Pougy, Carolina Otero, más conocida como La Bella Otero, y Emilienne d’Alençon, que sería amante de Liane de Pougy de forma intermitente.

La historia de Liane de Pugy es la más desconcertante y sin duda, digna de una película.

Cuando Anne Marie Chassaigne, que así se llamaba Liane, se trasladó a París, abandonando un escabroso matrimonio roto y la estricta vida provinciana que le ofrecía su familia, fue contratada en el Folies Bergère para presentar un número de prestidigitación. Pero su belleza y su temperamento hicieron que la dieran el papel principal de otro número especial con el que debutó. El número se llamaba “la araña de oro” y el cartel anunciador fue realizado por el artista Paul Berthon. En este cartel ya se podían contemplar influencias del art nouveau.

Su primer amante fue el vizconde de Pougy, de donde saco su “nom de guerre”.  Pensó en dedicarse al espectáculo, para lo que tomó alguna lección de una de las grandes de entonces: Sarah Bernhardt. Ésta le dio un consejo para triunfar: “Sal a los escenarios y exhibe la belleza de tu cuerpo. Pero no abras la boca”.

Su mentora en la alta sociedad y en la noche será la condesa Valtesse de la Bigne, cortesana del Segundo Imperio y que además de haber sido una de las últimas amantes de Napoleón III, fue musa inspiradora de Émile Zola para su obra Nana. La condesa le enseñaría muchas prácticas del oficio en su monumental cama de bronce barnizado y al igual que la Bernhardt le dio sabios consejos: “Una buena puta debe dedicarse a contar las moscas del techo mientras finge disfrutar. Una ganadora debe aburrirse debajo de su cliente“.

En la cúspide de su carrera artística como bailarina del Folies Bergère decide escribir algunas novelas que se convertirán en grandes éxitos de venta para la época y en las cuales mostraba abiertamente sus inclinaciones bisexuales, entreteniendo así al público y cultivando a la vez su ya incipiente leyenda.

En este tiempo en el que París se rendía a sus pies, conoció a la caprichosa y liberal multimillonaria estadounidense Natalie Clifford Barney, alias Fossey, Harmonie, Amazone, de la que se enamoró.  El idilio duró poco más de un año, pero marcó fuertemente a Liane que lo dejó fielmente plasmado en su obra Idilio sáfico. Esta relación escandalizó a la alta sociedad parisina. La pareja no se recataba en mostrar su afecto en público y aunque aquella sociedad era bastante liberal y permisiva, no estaba preparada para estas relaciones tan abiertamente efusivas.

Convertida en sacerdotisa del placer, sus amantes de uno y otro género se sucedieron a ritmo vertiginoso, en una vida consagrada por igual a la intelectualidad y al erotismo. El entonces príncipe de Gales fue otro de sus amantes. Coleccionó protectores, entre ellos el rey de Portugal, autores de moda, William Vanderbilt, Leopoldo II de Bélgica, lord Carnavon, Henri Bernstein e innumerables condes, duques y príncipes de las familias reales europeas.

Sus cuadernos de memorias son conocidos como los Cahiers Bleus que, a modo de diario privado, recogen su vida entre 1919 y 1941. En ellos narra todas las incidencias de la cotidiana rutina que había elegido para su vida, una vida de lujos plagada de importantes amantes. En estas memorias también recordará con nostalgia “los deditos ágiles” de Natalie Barney.

Posteriormente, en 1920, contraería matrimonio con un príncipe rumano. El príncipe Georges Ghika fue desheredado por su familia, al enterarse de su enlace con Liane, pero ella se acabó convirtiendo en princesa.

Se cuenta que hizo una confesión la víspera de su matrimonio y que le dijo al párroco: “Soy Liane de Pougy. Mañana me caso por la iglesia. He aquí mi confesión: menos robar y matar, de todo”.

Su matrimonio pasó por diferentes etapas, e incluso estuvo a punto de volver a prevalecer el instinto lésbico de Liane, aquel que había inundado gran parte de su juventud con su amada, y después odiada,  Nathalie Barney.

Al morir el príncipe Ghika en 1943, Liane se retiró y se hizo monja de la Orden Terciaria Dominicana. Murió en Suiza el 26 de diciembre de 1950 bajo el nombre religioso que había adoptado: Marie-Madeleine de la Pénitence.

Entre sus obras:

  • L’Insaisissable 1898
  • Myrrhille 1899
  • Idylle saphique 1900
  • Les sensations de Mademoiselle de La Bringue 1904
  • Yvée Lester 1908
  • Yvée Jourdan 1908
  • My Blue Notebooks (Mes cahiers bleus), publicado en inglés en 1979.

Otra bibliografía de interés:

Un capítulo dedicado a Liane de Pougy en el libro: Los poderes de Venus. De Catalina la Grande a Grace Kelly: la historia de las mujeres que se atrevieron a disponer de su sexo. De la escritora Alicia Misrahi (Martínez Roca. 2006).

El París de la Belle Époque, de José María de Areilza. (Planeta, 1989)

Retrato de Liane de Pougy por Antonio de La Gandara.

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El deber y no pagar.

4 febrero 2010 at 22:00 (Cine, Cine de Aventuras, Cine Histórico, Comics, Drama, Fotos, Historia, Literatura, Música, Novela, Pintura)

El cosaco en su brioso corcel
Va a la estepa siempre al trote,
Que del mundo es un azote, zote, zote, zote, zote,
Porque nunca va al cuartel
Y si fiero es en la guerra al vencer,
Al volver es más terrible,
Porque trae un hambre horrible
Y de genio está imposible
Y su encanto es el deber.
El deber, el deber, el deber y no pagar.
Cosacos de Kazán que sobre caballo van sin temor y sin desmayo.
Cosacos de Kazán que en la guerra son un rayo y en la paz un huracán.
¿Dónde irán? ¿Al asalto del caballo?
¿Dónde irán? ¿Cómo y cuándo volverán?
Volverán, que no les parta un rayo.
Volverán mediado el mes de mayo.
Volverán con más plumas que un gallo,
Los cosacos de Kazán

Esta canción de la zarzuela Katiuska de Pablo Sorozábal retrata muchos de los tópicos que sobre el pueblo cosaco, y sus guerreros, llenaron mi cabeza en la niñez, Miguel Strogoff de Julio VerneTaras Bulba de Nikolái Gógol hicieron el resto.

Aunque el correo del zar se las veía contra los tártaros y el rudo Taras Bulba con los polacos, sus periplos por las frías estepas del imperio, les conducirían por inhóspitos lugares que fueron conquistados y colonizados en su día por otros insignes cosacos, esta vez reales y no de ficción. Conquistadores y colonizadores de Siberia, estos temibles guerreros mantuvieron a raya a los tártaros, a los chinos, a los polacos, a los franceses e incluso al propio pueblo ruso.

Desde Hollywood se proyectó una imagen heroica y romántica del mundo de los cosacos.

Entre los primeros films que trataron la temática cosaca destaca el producido en 1928 por la Metro Goldwyn Mayer, The Cossacks. Película muda basada en la obra homónima de Lev Nikoláyevich Tolstói, escrita en 1863. Fue dirigida por George Hill y protagonizada por el galán John Gilbert. Mostraba la vida en un pueblo cosaco y sus escarceos bélicos con los tártaros. También reflejaba una sociedad eminentemente machista donde los cosacos se dedicaban a guerrear mientras las mujeres trabajaban el campo. La escena final no podía ser más explícita respecto a esto. La mujer se aferraba a los brazos del valiente cosaco en su caballo, después de haber sido rescatada y le decía: “Lukashka, te amo… Lukashka, trabajaré para ti… Lukashka, yo seré tu esposa devota… Dios es todopoderoso”.


También es muy destacable la adaptación de Taras Bulba que realizó J. Lee Thompson en 1962. Protagonizada por Yul Brynner y por Tony Curtis, retrataba la vida guerrera del cosaco inmortalizado por Nikolái Gógol y algunas de sus más fuertes convicciones: la lealtad y el honor.

De lo que no cabe duda es que estas visiones, muy entretenidas pero algo edulcoradas, de las duras condiciones de vida del pueblo ruso y del carácter endurecido de la raza cosaca,  tenían una base real. Los gobiernos de la madre Rusia, vieron en los cosacos los guerreros ideales y formaron cuerpos de caballería de élite que serían temidos dentro y fuera del imperio zarista.

De ellos llegó a decir Napoleón Bonaparte: “En lo que se refiere a los Cosacos,  honestamente hay que reconocer que fueron ellos los que garantizaron a Rusia el éxito en esta campaña. Los Cosacos son las mejores tropas militares de todas las existentes. Si yo los hubiera tenido en mi ejercito,  podría haber llegado a conquistar el mundo entero.”

El carácter indomable de estos curtidos guerreros fue bien aprovechado por los zares, y  aparte de poner en jaque al ejército francés o al que se pusiera por delante, fueron  utilizados para reprimir al pueblo en los momentos de mayor pobreza. Cuando las ideas revolucionarias empezaban a asomar en las mentes de los campesinos hambrientos o en las de los obreros descontentos, en las perdidas estepas o en las grandes ciudades y anillos industriales.

En muchas ocasiones los zares consideraban que un régimen de terror era más fácil de administrar y utilizaron a las tropas cosacas para la represión y la persecución de todo aquel que levantara voces discordantes contra el estado monárquico zarista o contra los que simplemente no eran de su gusto, como en las persecuciones étnicas o los pogromos contra los judíos rusos.

El último zar de la dinastía Romanov, Nicolas II, utilizó las unidades cosacas sin miramientos para la represión del pueblo. Recordemos el domingo sangriento del 22 de enero de 1905, en San Petersburgo, cuando la muchedumbre llegó a las inmediaciones del Palacio de Invierno donde las tropas de cosacos, convocadas por el ministro del interior, príncipe Sviatpolsk Mirski, dispararon a matar y atacaron con una carga de caballería produciendo una cifra estimada de 92 muertos.

Se puede ver una representación de esta escena en la película de 1965 dirigida por  David Lean: Doctor Zhivago, protagonizada por Omar Sharif y por la bella Julie Christie.

La revolución de Octubre acabaría con la dinastía de los Romanov, con su asesinato y desaparición. Pero en el confín del imperio, más allá del lago Baikal, donde acaba el ferrocarril Transiberiano y comienza el Transmanchuriano, muchos cosacos se unieron a los ejércitos blancos liderados por el  Almirante Kolchak. Otros creyeron en las ideas revolucionarias y combatieron en el lado bolchevique.

En esta etapa del convulso siglo XX, durante la revolución rusa, muchos cosacos se aferrarían a la idea de combatir con los Blancos para conseguir fundar un estado independiente cosaco que podría desplegarse en tierras de Mongolia y a caballo entre Rusia, China y el Tibet.

En este escenario, en esta lejana guerra, surgirían personajes variopintos con delirios de grandeza que han pasado a la historia como héroes iluminados, como antihéroes viciosos y depravados, como salvajes guerreros a mayor gloria del pueblo cosaco, aunque muchos de ellos son aún denostados por muchos de sus propios compatriotas rusos.

Entre estos guerreros malditos, podemos destacar a Grigory Mikhaylovich Semyonov, o Semenov, atamán cosaco que puso en jaque a las tropas bolcheviques en Manchuria, con un ejército formado por cosacos y voluntarios checoslovacos y apoyado por el ejército imperial japonés.

Descrito como un bandido que paseaba con su tren blindado por la línea Transmanchuriana en busca de riquezas, cometió con sus tropas muchas acciones violentas de pillaje hasta que fue expulsado de territorio ruso en 1921.

Sería capturado en 1945 por paracaidistas soviéticos y condenado por el tribunal supremo de la URSS a morir en la horca. Se dice que sus verdugos le odiaban tanto que utilizaron métodos no permitidos para prolongar su agonía.

Aunque no tan cosaco como Semenov, pero luchando en sus filas, el barón Roman Ungern von Sternberg despierta cierta fascinación dentro del  conflicto blanco del Transbaikal.

Este personaje podría ser considerado como un monárquico iluminado que creía ser la reencarnación de Gengis Kan.

Al igual que el atamán Semenov combatiría contra los bolcheviques con la idea de fundar un imperio asiático poderoso donde vivieran en armonía los cosacos, mongoles, chinos y tibetanos.

El Barón Sangriento acabó también siendo capturado por el ejército rojo y ejecutado frente a un pelotón de fusilamiento.

La idea de formar un imperio donde los cosacos pudieran practicar sus tradiciones sin ser molestados, inclinó a muchos de ellos a colaborar con los invasores alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, formando unidades cosacas integradas en la Wehrmach.

Curiosamente se dieron casos de enfrentamientos entre tropas cosacas combatientes con los alemanes y cosacos integrados dentro del ejército rojo.

La fascinación que despierta el mundo de los cosacos, su aguerrido carácter, no podía dejar de reflejarse en el cómic.

Así podemos encontrar referencias claras en la muy recomendable obra Klezmer de Joann Sfar, donde se retrata a un grupo de marginados, judíos y cosacos incluidos, que viven al ritmo de la música klezmer por las tierras rusas.

También en Ring Circus, con guión de David Chauvel y dibujo de Cyril Pedrosa, podemos encontrar referencias claras a los cosacos, mostrados aquí como defensores y haciendo alguna matanza de campesinos, reconvertidos en bandidos.

Una obra reciente, publicada en edición integral por la editorial Glénat, es Noche en Blanco, donde nos paseamos por la gélida Rusia post-revolucionaria, por las tierras heladas controladas por el movimiento blanco y por las tropas cosacas del atamán Semyonov, por las fiestas anti revolucionarias de Vladivostock y por las aventuras de un oficial del ejército del zar junto a sus amigos cosacos.

El guionista Yann y el dibujante Neuray relatan veinte años en la vida de un militar fiel a los Romanov que ha de enfrentarse al derrumbe de su mundo con la llegada de la revolución.

Si alguien se ha fascinado con las leyendas de Ungern Kahn o del atamán Semyonov, ese fue el incansable viajero Hugo Pratt. Su magnífico personaje Corto Maltés, se encontrará con estos salvajes cosacos en el título Corto Maltés en Siberia.

Aquí Pratt se documentó entre otras fuentes con el relato de Ferdinand Antoni Ossendowski (1876-1945), titulado “A través del país de las bestias, los hombres y los dioses”, para retratar al barón Ungern o al general Semenov.

En las siguientes viñetas, podemos comprobar las personalidades con las que Hugo Pratt empapa a estos personajes históricos y al ambiente que les rodeaba en esa época plena de aventuras y peligros.

Para finalizar algunos enlaces interesantes acerca del mundo cosaco que profundizan mucho más en su historia:

Muy completo este artículo de la Wikipedia,  en castellano, sobre los Cosacos.

Otro artículo, también de la misma fuente, sobre La Historia de los Cosacos.

La red cosaca, página rusa dedicada a los cosacos, en cuatro idiomas.

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